Una ventana de ascensión
¿Qué nos está mostrando el cielo?


Hay momentos en la vida en los que, mirando hacia atrás, podemos reconocer que determinadas piezas estaban preparándose mucho antes de que fuéramos conscientes de ello.
Cuando pienso en mi propio despertar espiritual, siento que comenzó mucho antes de que pudiera ponerle ese nombre.
Durante más de tres décadas, el yoga formó parte de mi vida y fue uno de los pilares de mi camino interior.
Durante más de una década, me he dedicado a mi crecimiento personal y consciente, explorando diferentes formas de trabajo interior: constelaciones familiares, Kundalini Activation Process, retiros conscientes e incontables sesiones de terapias energéticas.
Todo ello ha formado parte de un largo proceso de autoconocimiento y transformación que, con el tiempo, me ha llevado mucho más lejos de lo que jamás habría imaginado.
Durante todo ese tiempo fui profundizando en mí misma, entrando en contacto con mis emociones, mis patrones y partes de mi historia que necesitaban ser miradas.
Pero, muchos años antes de comenzar todo este trabajo interior, hubo una frase que marcó un punto de inflexión en mi vida.
Mi hija tenía apenas tres años. Estábamos en la cocina de casa cuando, de repente, me miró y me dijo:
“Mamá, ¿por qué nunca sonríes?”
Aquella pregunta, tan sencilla y espontánea, me golpeó profundamente.
Una niña de tres años había puesto palabras a algo que yo, como adulta, no estaba queriendo mirar.
Me hizo detenerme. Y preguntarme cómo estaba realmente.
A partir de ahí comenzó un proceso profundo de mirar hacia dentro y trabajar muchas de aquellas heridas y traumas que habían permanecido “dormidos” en mi subconsciente, pero que, de alguna manera, seguían presentes en mi vida.
Quizás mi consciente prefería no verlos. Pero nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestra manera de relacionarnos con la vida muchas veces saben lo que nuestra mente todavía no está preparada para reconocer.
Cuando una puerta se abre
Por eso, cuando digo que mi despertar espiritual comenzó a los 50 años, en 2025, no significa que todo empezara de repente.
Al contrario. Siento que todo el trabajo realizado durante aquellos años había estado preparando el terreno.
Y entonces, en 2025, algo se abrió - una puerta.
Una nueva manera de comprenderme, de experimentar la vida y de percibir mi propia conexión con algo mucho más grande que yo.
Y curiosamente, cuanto más observo los ciclos que estamos atravesando, más sentido encuentro en esta sensación de apertura.
La ventana de los próximos años
La astrología ha sido utilizada desde tiempos ancestrales para observar los ciclos del cielo y comprender cómo estos pueden reflejar los procesos que vivimos en la Tierra.
Desde una mirada evolutiva, los movimientos planetarios también pueden contemplarse como un reflejo de los grandes cambios que atraviesa la conciencia colectiva.
En los próximos años se produce una combinación especialmente significativa de movimientos entre los planetas exteriores, configurando un periodo de transformación en nuestra manera de pensar, comunicarnos, relacionarnos y construir nuestro futuro.
La astróloga Pam Gregory considera especialmente relevantes los años 2026–2028, señalando las configuraciones entre Urano y Plutón como parte de un momento de gran transformación colectiva.
Desde su perspectiva, estos movimientos no determinan lo que va a suceder, sino que reflejan las energías y posibilidades disponibles durante este proceso de cambio.
Y aquí aparece algo que para mí adquiere un significado especialmente profundo.
Quizás una ventana de ascensión no sea algo que simplemente esperamos que suceda.
Quizás sea una oportunidad. Una apertura que nos permite expresar aquello para lo que hemos estado preparándonos.
2025 abrió la puerta. 2026 me invita a atravesarla.
Cuando miro mi propio proceso, así es como siento estos dos años.
2025 abrió una puerta.Y 2026 está siendo el año en el que estoy eligiendo atravesarla conscientemente.
Después de tantos años de crecimiento interior, siento que ha llegado el momento de dejar de guardar dentro de mí todo aquello que he ido descubriendo.
De expresarlo. De poner mis dones y talentos al servicio de algo que siento que va más allá de mi propia experiencia. De ahí nace mi proyecto Método Luzymar.
No lo vivo como algo que haya aparecido de la nada, sino como la expresión natural de un camino que llevaba muchos años recorriendo.
Quizás esa sea para mí la verdadera transformación: pasar de trabajar únicamente en mi propia evolución a poner lo aprendido y mis propios dones al servicio de otras personas.
Y es aquí donde la idea de esa “ventana” de la que habla Pam Gregory cobra un significado especial para mí.
La ventana no garantiza que vayamos a atravesarla. Nos muestra una posibilidad. Nos ofrece un momento de apertura.
Pero somos nosotros quienes decidimos si queremos mirar a través de ella, si estamos preparados para cruzarla y qué elegimos llevar al otro lado.
La astrología como mapa, no como destino
Por eso, cada vez me interesa más contemplar la astrología no como una herramienta que viene a decirnos qué va a pasar, sino como un lenguaje que puede ayudarnos a observar qué momento estamos atravesando y qué posibilidades pueden abrirse ante nosotros.
Los cambios del cielo pueden señalar momentos de apertura, transformación y renovación.
Pero somos nosotros quienes elegimos cómo transitarlos. Qué estructuras estamos preparados para soltar. Qué partes de nosotros queremos dejar atrás.
Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a comenzar a encarnar.
Mi propia historia me ha enseñado que el despertar no siempre llega como un acontecimiento extraordinario. A veces comienza con una pregunta aparentemente sencilla pronunciada por una niña de tres años.
A veces necesita años de trabajo interior antes de que podamos comprender hacia dónde nos estaba llevando. Y a veces, después de todo ese recorrido, simplemente aparece una puerta.
Una oportunidad.
Una ventana.
Y llega el momento de decidir qué hacemos con ella.
Quizás por eso, cuando pienso en los próximos años y en esta llamada ventana de transformación colectiva, la pregunta que me hago ya no es tanto “¿qué va a suceder?”
Sino: ¿Qué estoy llamada a expresar en este momento de mi vida?
Quizás esta sea mi manera de atravesar la ventana.
Marta


